Tatum
La tormenta que se desató esa noche parecía querer castigar la ciudad.
Me senté en el alféizar de la ventana con una taza de té entre las manos, las piernas recogidas, la camiseta holgada cayéndome por un hombro, las bragas blancas de algodón —las más simples y cómodas que tenía— y el pelo suelto todavía húmedo de la ducha.
Y pensé en ellos.
Pensaba en ellos todo el tiempo. Los imaginaba moviéndose en las zonas más peligrosas de la ciudad, rodeados de sombras y violencia.
Pero sobre todo,