Capítulo cuarenta y nueve: En llamas.
Austin me llevaba a rastra tras la sección de empleados.
―¿Qué diablos te pasa?
Tropecé, pero sus reflejos fueron más rápido e impidió que chocara contra el suelo. Antes de que pudiera culparlo por mi posible caída o agradecerle por impedirla, me cargó. Me montó sobre su hombro como si fuese un saco de papas.
―¡Austin! Dios mío. ¡Bájame!
No me hizo caso y me sacó del supermercado. Lo golpeé en la espalda y no reaccionó. No me respondía.
―Llévenos a esta dirección.
Esas palabras no fueron