Hubo un silencio abrumador que parecía eterno. Las miradas de Grecia y Luis Fernando estaban clavadas en Burgos, haciendo que este se sintiera aún más nervioso. La tensión en la sala era insoportable, el momento de alegría que habían vivido minutos antes, se había desvanecido por completo.
—Por favor, licenciado Burgos —rompio el silencio Luis Fernando, con un tono suave pero firme,—sea lo que sea, sabe que puede contar con nosotros. Así que hable con confianza, recuerde que somos sus amigos.