La noche seguía siendo larga.
Isabella, recostada entre los brazos de Alexander, miraba fijamente el techo, completamente exhausta.
Él la abrazó con más fuerza y le dio un beso en la mejilla. Su voz sonó grave, ronca, cargada de satisfacción.
—Te lo advertí antes —murmuró—. Había pasado demasiado tiempo.
Isabella le dio una bofetada suave, más por fastidio que por enojo.
—¡Al menos podrías ser más amable! —protestó—. ¡Y no junto a la ventana! ¿No te da miedo que alguien nos vea?
Alexander