Pero lo que no sabía era que, al otro lado de la red, un hombre contemplaba la pantalla con el corazón desbocado, presionándose el pecho como si intentara contenerlo.
Era Alexander Montgomery, un hombre de cejas pobladas, nariz alta y labios finos. Sus ojos largos y estrechos parecían fríos y distantes, pero cuando sonreía podían despertar toda clase de fantasías.
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Al leer la información enviada por los piratas informáticos, Alexander no pudo evitar sonreír.
Siempre la había conocido com