Ana estaba desesperada por convencerlos. Señaló su cuello y gritó:
—¡Ella también me estranguló! ¡Miren! ¡Debe haber marcas en mi cuello!
Todos dirigieron la mirada hacia donde señalaba, pero lo único que vieron fue su piel suave y clara. No había rastro alguno de marcas.
Era evidente que Ana había mentido para tenderle una trampa a Isabella.
Tomás, con frialdad y decepción en sus ojos, sostuvo a Isabella entre sus brazos y la acarició suavemente para consolarla.
Adriana, al calmarse, tamb