—Tomás, estás bromeando, ¿verdad? —dijo Tobin con desesperación—. Mi hermana te ama, y tú lo sabes. Eres su primer amor, su único hombre.
¿Cómo puedes abandonarla por una simple disputa? ¡Ella te ama tanto! ¡No puedes dejarla!
Tomás lo miró con frialdad. Ya estaba acostumbrado a las tonterías de Tobin; las había escuchado desde hacía años.
Recordó que incluso cuando Tobin tenía solo siete o ocho años, ya era igual de irracional, arrogante y molesto. Un verdadero caso perdido.
—He toma