Isabella era demasiado astuta. Si alguien descubría la verdad, si su falsa identidad salía a la luz, jamás podría seguir en aquella escuela privada.
—Yo… yo… Isabella, no sé nada de lo que pasó hoy —dijo al borde del llanto, deseando que el momento desapareciera, como si nunca hubiera visto aquel lado cruel de Isabella.
Isabella la miró con desdén y soltó su brazo.
—Patética.
Ana perdió el equilibrio y rodó por los escalones. Por suerte, solo se raspó las rodillas. Nada grave.
Un par de es