La sala del tribunal estaba envuelta en un silencio denso y opresivo. Las luces blancas, implacables, iluminaban el rostro tenso de Massimo Agosti. Tenía las muñecas atrapadas por unas esposas que le cortaban ligeramente la circulación, dejando marcas rojizas en su piel. A su lado, dos policías lo escoltaban, manteniéndose firmes como estatuas, mientras el juez leía la sentencia con una voz grave y autoritaria que reverberaba en cada rincón del lugar.
Aunque sus pensamientos no dejaban de ronda