El eco de los monitores llenaba la habitación, un pitido monótono que subrayaba el ritmo de los latidos de Blair. Sus párpados temblaron antes de abrirse por completo, revelando unos ojos que buscaban con ansiedad el techo blanco y desangelado del hospital. La sensación aún viva de unos labios contra los suyos la sacudió; el sueño —o recuerdo— era tan vívido que aún podía sentir el calor del beso de Massimo Agosti. Su pecho subía y bajaba rápidamente, cada respiración era una batalla para calma