El aeropuerto de Milán era un hervidero de actividad. Los pasajeros iban y venían con prisas, arrastrando maletas por los pasillos relucientes, mientras los altavoces anunciaban vuelos en varios idiomas. Sin embargo, la llegada de Ricardo Agosti y su hijo Eddie causó un revuelo instantáneo. Apenas pusieron un pie en la terminal, un grupo de reporteros se arremolinó a su alrededor como un enjambre de abejas. Las cámaras parpadeaban incesantemente, y los micrófonos se alzaron frente a ellos como