El sol del mediodía entraba en el lujoso restaurante a través de los ventanales de cristal, bañando de luz las mesas elegantemente dispuestas con manteles de lino y cubiertos de plata. El murmullo constante de conversaciones, mezclado con el tintineo de copas y platos, creaba un ambiente vibrante, propio del lugar frecuentado por la élite empresarial de la ciudad. Massimo Agosti, con su imponente figura y su presencia magnética, se encontraba sentado en una de las mesas más apartadas, revisando