Alejandro Vitali estaba sentado tras su majestuoso escritorio de caoba, observando el brillo de la tarde colarse entre las cortinas de terciopelo azul. La vista desde su oficina en el último piso del rascacielos le permitía contemplar la ciudad como un titán desde su fortaleza, dueño y señor de su imperio. El teléfono en su mano izquierda vibraba con la inminencia de un secreto, y la voz masculina al otro lado de la línea resonó clara y decisiva.
—Todo está listo, se hizo como usted lo pidió.
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