En Costa Amalia, Naomi sale de la casa, asegura la cerradura de su pequeña casa y, cuando se gira, solo rueda los ojos y niega antes de caminar hacia la sencilla reja de madera blanca.
—Este hombre es imposible… —susurra.
Se acomoda el bolso, sus lentes de sol y se mete dentro del abrigo, porque las mañanas están más frescas cada día. Y hace que no está mirando a ese hombre que se ve demasiado sensual, de brazos cruzados, apoyado en su auto y listo para llevarla al trabajo.
—Buenos días, precio