Los ojos de Carlo se dilatan, ella lo nota y sonríe con cierta ingenuidad. Le extiende la mano, pero en lugar de tomarla como dos futuros socios, Carlo la gira levemente y deja un beso húmedo en el dorso.
Rebeca no se espera ese gesto, pero mucho menos el sentir lo que aquello le provoca.
—El gusto de verla es mío, señorita San Marino.
—Por favor, pase… espero que no le moleste mi atuendo, pero fui a disfrutar de la piscina y se me pasó el tiempo, mi asistente tuvo que ir a sacarme casi a rastr