Punto de Vista de Elara
—¡Señorita Elara Vane!
Me giré para ver a un guardia masculino que se apresuraba hacia mí. Era alto y bien formado. Su uniforme, aunque pulcro, era rígido; claramente alguien que no estaba acostumbrado a tratar conmigo en un ámbito personal.
—Su padre, Diego Vane, ha emitido una orden directa—dijo el guardia, poniéndose firme—. Debe ir a pie a su destino. Es su voluntad.
¡¿Pero qué diablos infernales?!
Me quedé helada, con el rostro arrugado por la sorpresa. —¿Qué?