Las persianas se agitan con fuerza mientras Ricardo y yo intentamos cerrar las puertas corregidas de vidrio. El albornoz que sujeta mi melena sale volando por el balcón y se pierde entre los árboles de la calle.
─Vamos, cariño, insisto en que entres puedes agarrar una pulmonía ─me pide Ricardo.
Echo otro vistazo más a la calle, silenciosa y vacía. Pocos autos ocupan los andenes, hasta entonces la calma prevalece y me gusta.
─ ¿Qué esperas ver? ─siento sus manos deslizarse suavemente por la piel