La noche había pasado, pero el peso de lo ocurrido seguía flotando en el ambiente como una neblina invisible.
Bianca no había dormido bien. No porque Mateo hubiera despertado nuevamente, sino porque la imagen de su rostro serio, de sus palabras dichas con inocencia y temor mezclados, regresaban una y otra vez a su mente.
“Se me hace conocida…”
Esa frase se había quedado clavada en su pecho.
Luciano tampoco había conciliado un sueño profundo. Permaneció despierto largos ratos, mirando el techo, escuchando el silencio de la mansión, ese silencio que antes le parecía sinónimo de paz y que ahora comenzaba a sentirse amenazante.
Cuando el amanecer llegó, no trajo alivio. Solo una claridad distinta para reconocer que ya no podían ignorar lo que estaba ocurriendo.
Bianca fue la primera en levantarse. Caminó descalza hasta la cocina, preparó café y se sentó frente a la ventana. Observó el jardín, los árboles inmóviles, el rocío aún fresco sobre el césped.
Todo parecía normal.
Demasiado normal