Cubierta por los fuertes brazos de Dantes, la loba mantenía la vista fija en el ventanal, por donde apenas se filtraban los primeros rayos del sol. El príncipe, con el rostro sereno, los labios entreabiertos y el cabello desordenado, descansaba sumido en un plácido sueño junto a la mujer que amaba. Ese mismo sueño fue interrumpido cuando ella intentó moverse, intentando escapar del abrazo que se volvió más firme con un gruñido de advertencia.
—Es temprano todavía —balbuceó con su voz ronca, ins