Te haré mía una vez más.
Amanda escuchó un ruido en la puerta y abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba completamente oscura. Solo alcanzaba a distinguir las sombras de los muebles, el contorno del tocador, la línea negra de la cortina moviéndose apenas con el aire.
Se quedó quieta, con el corazón martillándole las costillas, esperando otro sonido que confirmara que no estaba imaginando cosas.
Nada.