No volví a dormir.
Después de aquella llamada, el sueño desapareció por completo.
Permanecí sentada en la cama observando cómo Sebastián se vestía en silencio mientras la oscuridad seguía cubriendo la habitación.
El reloj marcaba las tres y veinte de la madrugada.
Demasiado temprano.
Demasiado tarde.
Una hora extraña para recibir noticias capaces de cambiar un juicio.
Matías seguía durmiendo en su cuna junto a nuestra cama.
Ajeno a todo.
Tan tranquilo que parecía imposible que el mundo estuvier