—Tenemos un problema.
Las palabras de Ismael quedaron suspendidas en el aire.
Sentí cómo la mano de Sebastián se tensaba dentro de la mía.
El pasillo del juzgado parecía haberse quedado sin sonido.
Sin movimiento.
Sin aire.
Solo existía la expresión de Ismael.
Y no era buena.
No era nada buena.
—¿Qué pasó? —preguntó Sebastián.
Ismael miró alrededor.
Periodistas.
Abogados.
Funcionarios.
Demasiados ojos.
Demasiados oídos.
—No aquí.
Aquello fue suficiente para que el miedo volviera a instalarse en