Mundo ficciónIniciar sesiónLa nieve seguía cubriendo el jardín aquella mañana, blanca y silenciosa, pero dentro de mí algo ya no estaba tan tranquilo. Había recibido una invitación: una cena de negocios importante, la primera a la que asistiríamos desde que renovamos nuestros votos. Ethan la había mencionado con entusiasmo, diciendo que era el momento perfecto para presentarnos juntos ante el mundo, como una pareja real. Pero mientras me miraba en el espejo, arreglándome para la noche, una duda fría se instaló en mi pecho, igual de helada que el invierno de afuera.
—Estás hermosa —dijo Ethan entrando a la habitación, ya vestido con su traje oscuro, imponente y seguro de sí mismo, igual que aquel hombre frío que conocí en su despacho—. No dejo de mirarte. Me giré lentamente. —¿Lo dices porque lo sientes, o porque es lo que se espera de la esposa de Ethan Vane? —salió de mi boca antes de que pudiera detenerlo. Él frunció el ceño, confundido. —¿Qué quieres decir, Lía? —Quiero decir… —mis manos temblaron ligeramente— que esa noche, cuando firmamos el contrato, tú me dijiste claramente: sé mi esposa ante todos. Y ahora, cuando vamos a cenas, cuando nos presentan como pareja, cuando todo el mundo nos mira… no puedo evitar preguntarme: ¿es real para ti, o sigo cumpliendo mi parte del trato? El silencio cayó entre nosotros, pesado y denso. Ethan dio un paso hacia mí, con la mandíbula tensa, esa expresión que aparecía cuando algo lo lastimaba. —¿Crees que lo que siento por ti tiene algo que ver con un papel firmado? ¿Después de todo lo que vivimos, dudas de mí? —No sé —respondí, con la voz quebrada—. Me enseñaste a desconfiar de todo lo que tiene un precio. Y yo tuve un precio, Ethan. Me compraste para salvar a mi familia. ¿Cómo puedo estar segura de que un día no te arrepientas? De que no haya alguien más… alguien que no costó nada, que vino sin deudas, sin obligaciones, sin un contrato detrás. Ethan se detuvo, y vi en sus ojos algo que me dolió ver: herida, y también algo más. —¿Alguien más? —repitió, y su voz se volvió cortante—. ¿Es eso lo que piensas? ¿Que podría mirar a otra persona cuando te tengo a ti? —¿Por qué no? —las palabras salieron, impulsadas por el miedo que llevaba escondido tanto tiempo—. Cuando vamos a esa cena, habrá mujeres hermosas, ricas, de tu mismo mundo. Mujeres que no tuvieron que vender un año de su vida a cambio de dinero. ¿Qué te asegura que no las mires y pienses que te equivocaste? Que yo solo fui una solución temporal a un problema, y no la mujer que eliges libremente? —¿Crees que me casé contigo porque no había nadie más? —se acercó, y ahora su voz era más fuerte, cargada de emoción contenida—. ¿Crees que mi corazón se alquila igual que mi dinero? Escúchame bien, Lía: cuando te vi entrar a mi despacho, no te elegí porque fueras la única opción. Te elegí porque en ti vi algo que no tenía ningún precio. Y si alguna vez crees que podría mirar a otra… entonces no me conoces. Y peor aún: no confías en mí. —¡No es cuestión de confiar! —exclamé, con lágrimas en los ojos—. ¡Es cuestión de que empecé siendo una compra, Ethan! ¡No fuiste tú quien me eligió libremente! ¡Fuiste quien pagó por mí! ¡Y eso no se borra con unos votos en el jardín ni con un anillo nuevo! ¡Está ahí, siempre ahí, recordándome que si no fuera por la deuda de mi padre, jamás me habrías mirado! —¿Entonces todo lo que vivimos no significa nada para ti? —preguntó, y su voz se quebró, mostrándome cuánto lo había lastimado—. ¿Las noches que nos abrazamos, las lágrimas que compartimos, los sueños que construimos… todo eso no pesa más que un papel viejo que firmamos con miedo? —Quisiera que pesara más —susurré—. Pero a veces me da miedo que para ti siga siendo un trato. Y que un día, cuando todo esté bien y ya no necesites salvar a nadie… te des cuenta de que yo no era lo que querías. Solo lo que necesitabas. No esperó a que dijera nada más. Giró sobre sus talones y salió de la habitación, dejándome sola con el silencio y el peso de mis propias palabras. Me dejé caer en el borde de la cama, temblando, sin saber si había dicho la verdad o si el miedo me había hecho destruir todo lo que amaba. Llegamos a la cena sin habernos vuelto a hablar. El trayecto en el coche fue eterno, en un silencio tan denso que casi no podía respirar. Al entrar al salón, todos los ojos se posaron en nosotros. Ethan tomó mi brazo, pero su tacto ya no era cálido ni tierno: era correcto, distante, exactamente como debía ser según el contrato. Y eso me dolió más que cualquier discusión. Durante toda la noche, la tensión no desapareció. Lo vi hablar con gente, sonreír, ser el hombre poderoso que todos conocían, y cada vez que una mujer se acercaba a él, le tocaba el brazo o le susurraba algo al oído, sentía cómo mi pecho se apretaba con celos que no podía controlar. No era solo inseguridad: era el miedo de saber que cualquiera de ellas podría haber sido su esposa si las cosas hubieran sido distintas. Cualquiera de ellas habría llegado sin deudas, sin pasado, sin un precio. —¿Los celos te están matando? —escuché una voz suave a mi lado. Era Victoria, una socia de otra empresa, hermosa, elegante, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No te culpo. Ethan es un hombre extraordinario. Y tan fácil de querer… y tan fácil de perder, cuando no se tiene el lugar que se merece. —¿Y qué lugar cree que me corresponde? —pregunté, con la garganta seca. Ella sonrió con falsedad. —El que te compraron, querida. Un contrato puede darte un apellido y una casa. Pero no puede darte el corazón. Y ese… ese nunca fue tuyo por derecho propio. Sus palabras me atravesaron como una espada. Me giré hacia Ethan, que estaba del otro lado del salón, hablando con un grupo de personas, y justo en ese momento, una mujer alta y rubia se acercó a él, lo abrazó con familiaridad y le besó la mejilla. Él no se apartó. Le sonrió. Y en ese instante, todo el miedo que llevaba dentro estalló. Me acerqué a ellos sin pensar, con el corazón golpeándome desbocado contra las costillas. —Disculpen —dije, con voz temblorosa pero firme—, creo que es hora de irnos. Ethan me miró, sorprendido por mi interrupción, y luego vio mi expresión. Se despidió de ellos de inmediato y caminó conmigo hacia la salida, sin decir una palabra. Ya en el coche, el silencio era insoportable. —¿Tienes algo que decirme? —preguntó finalmente, sin mirarme—. ¿O prefieres seguir inventando cosas que no son ciertas? —¿Quién era ella? —pregunté, con los ojos llenos de lágrimas que no quería soltar—. La rubia. La que te abrazó como si te conociera de toda la vida. Ethan soltó un suspiro largo, de cansancio, de frustración. —Es una amiga de la infancia. ¿Eso es todo? ¿Vas a ponerte celosa de cada persona que se acerque a mí? ¿Vas a dudar de mí cada vez que alguien me hable? —¡No es solo hablar! —grité, perdiendo el control—. ¡Es la forma en que te mira! ¡Como si supiera algo que yo no sé! ¡Como si tuviera un lugar en tu vida que yo nunca podré ocupar porque yo… yo tuve que ser comprada para entrar! —¡Basta! —gritó él también, y su voz llenó el coche—. ¡Basta de decir eso! ¡Tú no fuiste comprada! ¡Tú fuiste elegida! ¡Y si no eres capaz de verlo, si no eres capaz de confiar en mí, entonces qué estamos haciendo juntos! —¡Eso me pregunto yo también! —respondí, y en cuanto las palabras salieron, supe que había cruzado una línea que no debía. Ethan frenó el coche de golpe, a mitad del camino, en una calle solitaria bajo la nieve. Apagó el motor y se giró hacia mí, con los ojos brillantes de rabia y dolor. —¿De verdad lo dices? —su voz era baja, peligrosa, rota—. ¿De verdad te preguntas qué hacemos juntos? Después de todo lo que pasamos, de todo lo que di… ¿todavía dudas de que te amo? —El amor no se compra —susurré, con lágrimas cayendo por fin—. Y tú empezaste comprándome. ¿Cómo puedo estar segura de que no me devolverás cuando ya no me necesites? Me tomó de las manos con fuerza, casi con desesperación. —Te devolvería cada centavo, pagaría cada deuda mil veces, daría todo lo que tengo si eso borrara el contrato de tu mente. Pero no puedo cambiar cómo empezó nuestra historia. Solo puedo cambiar cómo continúa. Y la quiero continuar contigo. Libremente. Sin condiciones. Sin papeles. Pero no puedo hacerlo si tú no caminas a mi lado sin miedo. Si cada día miras atrás preguntándote si te elegí de verdad. Se hizo un silencio largo, mientras la nieve caía suave sobre el coche, y sus palabras fueron entrando en mí, derritiendo poco a poco el hielo del miedo. —¿Me elegirías? —pregunté, con un hilo de voz—. Si no hubiera deuda, si no hubiera contrato… ¿me elegirías igual? —Te elegiría —respondió sin dudar, mirándome a los ojos con toda la verdad de su alma—. En mil vidas, en mil mundos, sin deudas, sin tratos, sin nada que nos una más que nosotros mismos. Te buscaría. Te encontraría. Y te elegiría. Siempre. Porque no fue el contrato el que me ató a ti. Fue tu valentía. Tu bondad. Tu forma de ver luz donde yo solo veía oscuridad. Eso no se compra. No se puede comprar. Eres tú, Lía. Solo tú. Me acerqué a él, temblando, y lo abracé con fuerza, sintiendo cómo todo ese miedo absurdo empezaba a desvanecerse, aunque no desapareció del todo. —Lo siento —susurré—. Tengo miedo. A veces el miedo habla más fuerte que el amor. —Lo sé —me abrazó él también, con fuerza, como si quisiera fundirme en él—. Y lo entiendo. Yo también tengo miedo. Miedo de no ser suficiente para ti. Miedo de volver a ser el hombre frío que conociste. Pero tenemos que aprender a confiar. Paso a paso. Y si un día fallamos, nos perdonamos y seguimos. Pero no dejes que el pasado nos robe el futuro. El contrato ya no existe, Lía. Lo que hay entre nosotros es real. Y es frágil. Y hay que cuidarlo. No destruyamos lo que tanto nos costó construir por miedo a perderlo. Nos besamos entonces, despacio, con sabor a lágrimas y a nieve, con la promesa de que el camino no sería fácil, de que las dudas volverían, de que los celos llamarían a la puerta. Pero también con la certeza de que esta vez, cuando nos abrazábamos, no había cláusulas ni fechas de vencimiento. Solo dos personas que se amaban, a pesar de todo, incluso a pesar de sí mismos. Y eso, pensé, mientras el coche arrancaba de nuevo hacia casa, era el comienzo de algo mucho más grande que cualquier trato. Era el amor, de verdad. Con sus cicatrices, sus miedos, sus imperfecciones. Pero real. Completamente real.






