Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto de regreso fue distinto al de la ida. Ya no había silencio tenso ni palabras cortadas. El ruido del motor y la nieve golpeando suavemente contra el cristal llenaban los espacios, y yo miraba por la ventana, sintiendo cómo las lágrimas se me secaban en las mejillas, dejando tras de sí una sensación de claridad que no esperaba. Ethan conducía con calma, con una mano en el volante y la otra sobre la consola, a medio camino entre los dos, como si esperara que yo la tomara, pero sin atreverse a pedírmelo. Al llegar a la casa, apagó el motor y se quedó quieto un momento, mirando hacia el jardín cubierto de blanco, sin atreverse a mirarme todavía.
—No quiero que te vayas a dormir pensando que lo que dije en la cena es la verdad —empezó, con voz baja y cansada, pero firme—. No quiero que te lleves a la cama la idea de que hay alguien más, de que alguna vez podría haber alguien más. Porque no la hay, Lía. Nunca la hubo. Y si alguna vez alguien se acerca demasiado, te lo diré. Si alguna vez te sientes insegura, me lo dices. Y lo solucionamos. Juntos. No peleando el uno contra el otro, sino contra el miedo que nos separa. Me giré hacia él, sintiendo el pecho apretado por todo lo que habíamos dicho y por todo lo que aún nos faltaba por decir. —No es solo culpa de ellas —admití, con la voz temblorosa pero sincera—. Soy yo. Cada vez que alguien me mira y piensa que estoy ahí por el contrato, por tu dinero, por un trato… me pregunto si tienen razón. Si yo de verdad pertenezco aquí, o si solo estoy de visita, esperando que se cumpla el plazo. Me da miedo que un día despiertes y te des cuenta de que no soy suficiente. Que no vengo de tu mundo, que no tengo tu educación, que no soy como las mujeres que conociste antes. Ethan soltó un suspiro profundo y me tomó la mano, entrelazando sus dedos con los míos con firmeza, como si quisiera grabar esa sensación en mi piel para siempre. —Escúchame bien, porque no te lo diré una sola vez, sino todas las veces que lo necesites: tú eres más que suficiente. No a pesar de dónde vienes, sino precisamente por eso. Porque creciste sin lujos, pero con valores que yo nunca aprendí. Porque sabes cuidar a la gente que amas sin pedir nada a cambio. Porque ves bondad donde yo solo veo utilidad. Eres tú, exactamente como eres, la que me enseñó a ser humano de nuevo. Y no cambiaría nada de ti por nada del mundo. Ni tu origen, ni tu pasado, ni las cicatrices que llevas. Las amo todas, porque son parte de la mujer que me salvó. Entramos a la casa despacio, sin encender las luces del salón, solo con la luz suave de la lámpara de la entrada. Mariana nos esperaba sentada junto al fuego, con dos tazas de té caliente en la mesa, y al vernos entrar no preguntó nada. Solo nos indicó con un gesto que nos sentáramos. Sabía, por la forma en que caminábamos, por la mirada que no nos atrevíamos a cruzar, que algo había pasado. Y supo también que no era momento de preguntas, sino de calma. —El fuego baja —dijo suavemente, señalando las llamas que se consumían lentamente—, pero si le echas leña, vuelve a crecer. Lo mismo pasa con lo que sentimos. A veces la duda lo apaga un poco. No significa que se haya muerto. Solo necesita que le demos calor de nuevo. Que le cuidemos. Que no lo dejemos apagarse del todo. Ethan miró a su madre y luego a mí, y en su expresión vi que esas palabras le llegaban al alma. —Tienes razón —dijo—. Y yo no voy a dejar que nada apague lo que tenemos. Ni el miedo, ni la inseguridad, ni el pasado. Pero necesito que tú estés conmigo, Lía. Que cuando te asalten las dudas, me hables en lugar de alejarte. Que cuando veas un fantasma, me llames para que lo ahuyentemos juntos. Porque no somos enemigos. Somos equipo. Y lo que nos une es más fuerte que cualquier cosa que nos separe. Subimos a la habitación más tarde, cuando el fuego ya se había consumido por completo. No nos acostamos de inmediato. Nos sentamos en el borde de la cama, uno al lado del otro, y hablamos. No de la cena, ni de Victoria, ni de la mujer de la infancia. Hablamos de lo que de verdad estaba detrás de todo: del miedo a no ser elegidos libremente, de la sensación de que el contrato siempre estaría ahí como una sombra, de la dificultad de creer que alguien puede amarnos sin condiciones cuando nunca nos lo enseñaron. —Yo también tengo miedos —confesó Ethan, mirando sus manos, como si le costara decirlo en voz alta—. Tengo miedo de ser como mi padre. De que un día me desespere y te diga algo que no debiera. De que mi carácter, que es el suyo, se me escape de las manos y te lastime. Tengo miedo de que un día te canses de mí. De que veas que soy complicado, que tengo heridas que no sanan del todo, y decidas irte. Y cuando te vi dudar de mí esta noche… sentí que perdía todo lo que me importaba. Porque si no confías en mí, no tengo nada. Me acerqué más a él y apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba al sentir mi contacto. —No me voy a ir —le dije con suavidad—. Y no porque tenga un contrato que me lo impida. Sino porque te elijo a ti, cada día, incluso cuando es difícil. Incluso cuando tengo miedo. Incluso cuando dudo. Te elijo igual. Y te pido que tú también me elijas a mí, con mis inseguridades y mis celos y mis miedos. No soy perfecta, Ethan. Pero soy tuya. Completamente tuya. Me abrazó entonces, con fuerza, como si necesitara sentir mi cuerpo contra el suyo para creer que era real. —Y yo soy tuyo —susurró contra mi cabello—. Con mis defectos, mi carácter difícil, mi pasado oscuro. Soy tuyo. Y si alguna vez lo dudas, mírame. Y te lo demostraré. No con palabras. Con hechos. Cada día, hasta el último de mi vida. Esa noche, antes de dormir, Ethan se levantó y fue al escritorio que teníamos en un rincón de la habitación. Sacó una hoja de papel y una pluma, y se sentó frente a mí, con una expresión seria y decidida. —El contrato que firmamos al principio ya no sirve —dijo—. Estaba escrito con miedo, con deudas, con obligaciones. Ahora quiero escribir uno nuevo. Uno que salga del corazón. Uno que no tenga fecha de vencimiento. Escribió despacio, con letra clara y firme, y cuando terminó, me lo leyó en voz alta, mirándome a los ojos: Yo, Ethan Vane, te elijo a ti, Lía Ferrer, no por deuda, no por trato, no por conveniencia. Te elijo porque mi vida es mejor contigo. Porque mi corazón late más fuerte cuando estás cerca. Prometo escucharte cuando hables, y también cuando calles. Prometo respetar tu libertad, tu sueño, tu voz. Prometo luchar por nosotros cuando las cosas se pongan difíciles. Prometo no dejar que el miedo nos gane. Y todo esto sin condiciones, sin plazos, sin cláusulas. Solo porque te amo. Y eso es suficiente. Firmó al pie y luego me pasó la pluma y el papel. —Si quieres —dijo—. Si no, lo rompo ahora mismo. No necesitamos papeles. Pero si algún día la duda vuelve a ti, si alguna vez necesitas recordar que esto no es un trato… lo lees. Y sabes que es verdad. Tomé la pluma con la mano firme y firmé debajo de su nombre, sintiendo que por fin, esta vez sí, lo hacía libremente, sin deudas, sin miedo, sin nada que me obligara más que mi propio corazón. —Es el único contrato que quiero conservar —le dije—. El único que de verdad importa. Lo dobló con cuidado y lo guardó en una caja de madera sobre la mesa de noche, junto con el anillo de su madre y las primeras notas que nos habíamos escrito. Luego se metió en la cama a mi lado, me abrazó y apagó la luz. En la oscuridad, su voz llegó suave y segura: —Descansa, mi amor. Mañana seguimos. Y si los celos vuelven, si la duda llama, si el miedo regresa… me lo dices. Y lo enfrentamos juntos. Porque somos más fuertes que todo eso. Y lo que tenemos vale la pena luchar por ello. Cada día. —Cada día —repetí, cerrando los ojos, sintiendo por fin que la sombra del viejo contrato se había alejado, dejando espacio para algo nuevo, más limpio, más nuestro—. Te amo, Ethan. —Y yo a ti, Lía. Más de lo que las palabras pueden decir. Y así, entre sábanas limpias y el calor de un abrazo que ya no tenía condiciones, supe que no habíamos llegado al final de las dificultades. Las dudas podrían volver, los celos podrían llamar, el pasado podría asomar de vez en cuando. Pero ahora teníamos algo que antes no teníamos: las herramientas para sanarlo. La voluntad de hablarlo. Y la certeza de que, pase lo que pase, no estábamos solos. El viejo contrato había muerto. Y lo que nacía en su lugar era mucho más grande, mucho más fuerte, mucho más eterno. Era nuestro amor, escrito no en papel, sino en cada latido que compartíamos.






