El silencio del médico era una guillotina suspendida sobre mi cuello. A mi espalda, la risa silenciosa de Valeria me recordaba que cada decisión que tomara alimentaría el fuego de mi propia destrucción.
—¡Sr. Rossi! —insistió el cirujano, tomándome del brazo—. ¡Dígalo ahora!
Miré la puerta de metal frío tras la cual latían tres corazones que dependían de mi egoísmo o de mi valor. Recordé las últimas palabras de Camila: “Sálvalos a ellos… aunque me pierdas a mí”. Ella estaba dispuesta a dar su v