El primer día de preparación empezó antes del amanecer. Me desperté con el aullido de un lobo en la distancia — era un aullido triste, como si supiera lo que venía. Rosa estaba dormida a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro. La envolví con la manta para que no tuviera frío y me levanté con cuidado, sin despertarla.
El patio estaba oscuro, pero la luna todavía brillaba con fuerza. Mireya ya estaba ahí, sentada en el banco de piedra, con un cuenco de hierbas en la mano. “Llegaste temprano”