Rubí
Daniel se ríe.
No una risa incómoda ni forzada, sino una de esas risas reales que le nacen desde el pecho, como si lo que acabo de decirle fuera una tontería enorme… pero simpática. Yo frunzo el ceño, fingiendo ofensa, mientras él estira la mano y me despeina el cabello con esa confianza que tiene conmigo desde siempre.
—Eres imposible —dice—. Pero para que lo sepas, tú también eres importante para mí.
Importante.
No especial.
No única.
No lo que yo quisiera escuchar.
Pero aun así, sonrío.