Seth se quedó mudo, la sorpresa clavándolo al sillón al ver a su padre de regreso sin precio aviso.
Su mente se quedó en blanco por un instante, el peso de la presencia de su padre golpeándolo como un martillo. Las palabras de Caleb flotaron en el aire, y por un momento, solo pudo mirarlo, los ojos abiertos de par en par.
Finalmente, carraspeó y se recompuso, enderezándose en el asiento.
—Bienvenido, padre. Ameline está… bien, por supuesto, está siendo tan bien atendida como siempre —murmuró