Capítulo XXXIII

Me deja en el porche de mi cabaña con cuidado y se apresura a atar el caballo en la columna de madera que sostiene parte del techo. Ahora sí puedo apretar mi mano contra mi pecho para aliviar el ardor en mis dedos desprovistos de uñas. El dolor se extiende hasta mi codo y muere allí. No insiste, se disuelve con el pasar de los segundos, pero deja un leve escozor.

Observo la nieve para ignorar la ansiedad, que me apuñala cuando pienso en ella.

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