La madrugada cayó pesada sobre el bosque. El cielo seguía encapotado, la luna oculta tras una capa de nubes que no dejaban pasar su luz. A lo lejos, el canto de los búhos era interrumpido por ruidos de ramas, viento y un presagio que se aferraba al corazón de Ulva como espinas.
Estaba sentada al borde de una roca, envuelta en su capa, con los ojos fijos en el horizonte. El fuego que antes ardía en su interior se había vuelto brasas. Y el frío… ya no era de cuerpo, sino de alma. Kaelion se acerc