Estefanía se desperezó despacio sobre las sábanas, sintiendo el cuerpo liviano, casi extraño. Hacía meses, quizás años, que no lograba dormir corrido toda una noche.
Estiró el brazo hacia la mesa de noche para tomar el teléfono y verificar la hora. Al encender la pantalla, un sinfín de notificaciones llegaron al instante. Decenas de llamadas perdidas en WhatsApp y un hilo interminable de mensajes.
La gran mayoría llevaba el nombre de Javier; solo dos eran de Cristian, breves y cortantes: «¿Dónd