A mi lado, Elva bostezó. “Estoy cansada, mami”.
Inmediatamente, me agaché a su lado. Le toqué la frente con la mano, pero no sentí fiebre. Aun así, tenía los nervios a flor de piel y no podía evitar preocuparme. “¿Tienes calor?”.
“No. Sólo tengo sueño”. Se frotó un ojo.
Odiaba irme temprano. Realmente necesitábamos esta victoria para permanecer en la competición. Había mucho más en juego ahora que sabía que la organización clandestina nos tenía en la mira a Elva y a mí. En el momento en que