La rutina se había instalado, pero era una rutina con agujas. Lucía llegaba a Vanguard, saludaba, se sentaba en su cubículo y empezaba su doble turno: el trabajo visible de asistente y el trabajo invisible de observación. Los nervios del primer día se habían transformado en una alerta constante, un zumbido de fondo que solo se apagaba cuando cerraba la puerta de su apartamento por la noche. Incluso entonces, a veces, soñaba con códigos y miradas furtivas.
Esa mañana, mientras revisaba facturas