A la mañana siguiente, Katya despertaba de buen humor. Una dulce colonia juvenil se le colaba por la nariz y una manta tibia la cubría de lo peor del frío de la noche. En medio de la bruma del sueño, creyó sentir unos dedos suaves que le acariciaban desde su mejilla hasta su mentón. Pero cuando despertó por completo se dio cuenta que no era ningún sueño todo aquello que sintió, pues lo primero que sus ojos vieron al despertar, era el duro cuerpo de Egan literalmente encima y alrededor de ella.