Menos a ella

– Dame una semana más, por favor –suplicó el pobre hombre–. Señor Caruso, tenga piedad.

Egan simplemente levantó una ceja, mirando al prisionero desde su asiento. Egan había liberado uno a uno los prisioneros de su calabozo subterráneo. Con los que tenía cosas pendientes, intentaba solucionarlos; con los que tenía fallas graves, simplemente los exiliaba de la mafia Caruso.

Egan se apretó la nariz y suspiró. ¿Qué hubiese querido Katya que él hiciera si hubiese estado aquí? Ella sin duda le hubie
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