Egan y Katya duraron unos minutos abrazados, pero cuando ella se levantó del suelo y se sacudió la ropa, Egan la miraba con un rostro preocupado.
– Entiendo que vamos a ir lento –expuso Egan–, pero no quiero que duermas aquí. Estoy quedándome en un hotel a tres calles: podría pedir una habitación para ti allí. Estarías más comoda, podría ayudarte más con el embarazo desde allá. Entenderás que no es común o, al menos, normal que un hombre adulto pase tanto tiempo en un monasterio que además es o