Cuando llegué a la comisaría, me preparé para seguirlos hasta la sala de interrogatorios. Me moría por ver con mis propios ojos el momento en que soltara la verdad.
Pero apenas me acerqué a la puerta, algo me sacó volando. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí dolor.
Intenté varias veces, pero nada resultaba. El ardor en el alma era insoportable. No me quedó más que rendirme, con la rabia encima.
Los días siguientes, me los pasé rondando la entrada de la comisaría, escuchando lo que decía la