22. Era suya... suya nada más
La llevó hasta su habitación y allí la tocó con una suavidad traicionera.
Temblando de pies a cabeza pese a la calefacción, ella se dejó hacer de su dominio cuando este la apoyó contra la puerta y la invitó a abrir los muslos con una de sus rodillas.
«Ese vestido le facilitaba demasiadas cosas, Dios, estaba tan necesitado de ella que no sería capaz de resistir todo el juego previo… pero lo valía, estaba seguro que sí», pensó mientras escondía el rostro en el hueco de su cuello y la consentía co