El automóvil negro avanzó dejando atrás el portón de la residencia de la familia de León, atravesando las calles de la ciudad que comenzaban a relajarse.
Alicia—su rostro, que desde hacía rato estaba rígido, la mandíbula tensa, los ojos fijos hacia adelante sin ver realmente nada.
Víctor conducía con una mano en el volante. La otra descansaba con aparente tranquilidad sobre el apoyabrazos, pero sus ojos no dejaban de observar a la mujer a su lado.
—¿Dijeron algo que fuera demasiado? —preguntó a