Sofia.
—Buen día, hijo mío —digo con una enorme sonrisa, dándole un beso en la mejilla y abrazándolo con fuerza.
Cada vez que lo veo siento lo mismo: orgullo. No importa cuántos años pasen, para mí sigue siendo mi niño, aunque ahora sea un hombre hecho y derecho, esposo y padre. Aun así, cuando lo abrazo, mi corazón late como cuando lo cargaba en brazos.
—Buen día, madre hermosa. Qué bueno que llegaste, estaba a punto de llamarte —me dice con una sonrisa tan amplia que ilumina su rostro.
—¿Y p