La casa de Raguel lucía por fuera pacífica y en sus alrededores no había más individuos que Gabrielle y él. Todos los muchachos se habían ido muy temprano hacia sus respectivos lugares de trabajo. Todo eso sonaría muy normal con excepción de que ambos sudaban y respiraban fuerte a causa de haber entrado en la vivienda, como almas que se llevaba el diablo.
–Gab, jamás me vuelvas a pedir otra locura de estas, por amor a Dios –sermoneó Raguel mientras seguía recuperando el aliento.
–No te hagas l