Colgué el teléfono y me dejé caer en el sofá, sintiendo cómo el peso de la situación me aplastaba. Había hablado con Arturo, y aunque su voz calmada me había reconfortado un poco, la realidad seguía siendo abrumadora. Romeo no me creía. O al menos, no del todo. Y no podía culparlo, era una historia descabellada.
El teléfono volvió a sonar, y sin mirar la pantalla, supe que era Arturo. Lo había llamado apenas unos minutos antes, pero necesitaba escuchar su voz de nuevo, necesitaba asegurarme de q