23. Nuestra verdadera naturaleza
Eché un vistazo al gran reloj que había sido cuidadosamente colocado sobre la pared. Eran las seis y veinte de la tarde, y mi cabeza no había dejado de darle vueltas a todo aquel embrollo. Con pesadez, recogí mis papeles y los eché en mi cajón. Le eché llave por si alguien intentaba hacerme una mala jugada y me encaminé hacia la puerta. Al doblar para salir rumbo a la estación del tren, un par de manos me sujetaron. Era Evan.
—Tú y yo tenemos que hablar —dijo con rostro serio.
—¿D