Sus palabras se ven interrumpidas, porque justo en ese instante, alguien tropieza con nosotros.
―Lo siento, no fue mi intención.
Menciona, con vergüenza, la chica que acaba de atropellarnos. Luego de disculparse, se aleja de nosotros y corre hacia los brazos del hombre que la espera al otro lado de la zona. Entrelazo los dedos de mi mano con los suyos, abandonamos la terraza y nos dirigimos al piso 100, donde recorremos las tiendas y adquirimos souvenirs para el recuerdo.
―¿Estás bien, cariño