Paraíso Venenoso.
El silencio en la oficina de Diddier era tan denso que podía saborearse.
No era incómodo.
Era… peligrosamente cómodo.
De esos silencios que no te empujan a hablar, sino a quedarte. A ver hasta dónde llegan.
Él estaba sentado peligrosamente cerca. No lo suficiente para tocarme, pero sí para invadir ese margen invisible que separa lo profesional de lo personal. El calor de su brazo se filtraba a través del espacio mínimo que nos separaba, y su perfume —sándalo con ese matiz metálico que siempre m