El frío nocturno se infiltraba por las calles silenciosas cuando Alexander se detuvo frente a la casa de John. Una luna brillante iluminaba débilmente el vecindario, y el aire estaba cargado de una quietud inquietante. Con un suspiro, Alexander se armó de valor y se acercó a la puerta principal. Golpeó con los nudillos, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho mientras esperaba que alguien respondiera.
Después de unos momentos de agonizante espera, la puerta se abrió lentamente, revela