El hospital apestaba a encierro. Las paredes blancas, el sonido incesante del monitor cardíaco, el paso constante de enfermeras y médicos que no le prestaban atención más allá de su condición física. Pero nadie veía lo que realmente le dolía.
Dos semanas. Dos malditas semanas atrapado en esta cama, viendo cómo el mundo seguía sin él y lo peor de todo… viendo cómo Sandra seguía sin él. Se pasó una mano por el rostro, exhalando con frustración. Desde la videollamada de esa mañana, su cabeza no ha