Alexander
El cristal del vaso de whisky quemaba en la palma de mi mano. El bar del club privado estaba sumido en una luz cálida, donde el murmullo de los hielos y el jazz suave creaban una atmósfera pesada, casi sofocante.
Me pasé los dedos por el puente de la nariz, agotado. No llevaba chaqueta ni corbata; solo la camisa blanca con los dos primeros botones abiertos. Intentaba ahogar en alcohol la imagen de la mujer que amaba