Zoé
El deportivo negro de Alexander se detuvo frente a la imponente mansión de los Miller. El lugar era precioso, lleno de luces y jardines perfectos, pero a mí el estómago se me hizo un nudo del tamaño de un puño. Me miré por el espejo retrovisor una última vez. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, mi melena caramelo perfectamente peinada y una sonrisa que esperaba que no pareciera de puro terror.
—Respira, Zoe —m