Alexander
El destello incesante de las cámaras detonaba contra mis ojos como una ráfaga de disparos. Los aplausos del salón retumbaban en mis oídos mientras la imagen de mi madre, sonriendo victoriosa desde el estrado, me quemaba la sangre. No podía creer lo que acababa de pasar. Nos habían acorralado en público, utilizando a la prensa como escudo para sellar una trampa perfecta. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta el límite y cómo